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La Lucha interna

lucha interna

“Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.” (Rom 7:18 -19)

El apóstol Pablo nos describe su situación y la de todos nosotros, aún de aquellos que somos cristianos, esto es, nuestra carne le gusta el pecado y se inclina hacia el pecado.

Esto es un poco chocante para algunos cristianos, porque pareciera que esta enseñanza quisiera justificar al cristiano de caer en pecado (“Es que la carne es débil” podría decir alguno). Pero esto nos enseña un realidad de la cual debemos estar conscientes, y es que aunque hemos sido renovados (El que robaba ya no roba; el maldiciente habla correctamente; el alcohólico vive sobrio; el que odiaba a Dios, lo ama), y aunque hemos sido bautizados con el Espíritu Santo de Dios, arras de nuestra de nuestra herencia; eso no significa que no podamos ser tentados, influenciados por el mundo y aún arrastrados al pecado.

Ahora bien este tema es muy amplio, y voy a tratar de resumirlo a manera de preguntas.

¿Es normal la lucha interna entre querer obedecer a Dios y los deseos de la carne?

Sí, es normal. El apóstol Pablo en el mismo capítulo 7 de Romanos menciona:

“Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.” (Rom 7:22-23)

Así nosotros amamos la Ley de Dios, nos gusta estar en paz con Él y nos fascina mantenernos en santidad. Sin embargo, existe esa naturaleza pecaminosa que también le gusta el pecado, contra la cual debemos luchar.

¿De dónde proviene esta doble naturaleza?

Sabemos que provenimos de Adán, padre de todos los hombres. Él y su esposa Eva pecaron contra Dios y fueron expulsados del Edén (Gén 3:24)

A partir de ese momento la raza humana cayó. Sus hijos tuvieron la misma naturaleza caída (condenados a la muerte), y los hijos de ellos también. Esto lo explica mejor la Biblia:

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom 5:12)

Tengo que hacer un paréntesis. La muerte viene por el pecado, pero el pecado es parte de la naturaleza humana. Por lo cual todos estamos condenados a la muerte.

También la Palabra de Dios nos explica:

“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1Co 15:22)

Haciendo una clara referencia que nuestra naturaleza pecaminosa es derivada de Adán, mientras que nuestra naturaleza espiritual es por creer en Cristo.

¿Cómo distingo los deseos de la carne de los del Espíritu?

La Biblia nos dice cuáles son los frutos (o manifestaciones) de la carne y cuáles los del Espíritu.

“Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley” (Gál 5:19-23)

La pregunta que nos debemos hacer es: ¿Qué clase de frutos estamos dando? Si son frutos de la carne es porque no estamos lidiando con ella. Si son frutos del Espíritu, es porque estamos buscando más de Cristo.

Si siembras pecado, segarás carnalidad. Si siembras en el Espíritu, segarás espiritualidad

“Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna” (Gál 6:8)

¿Cómo alimentar al Espíritu?

La Biblia nos enseña los métodos para alimentar el Espíritu:

La oración.

Si no sabes orar, te invito a que leas Mateo 6:9-13 donde Cristo les enseña a orar a sus discípulos, aunque no es el caso de este escrito. Jesús enseña que una forma para no sucumbir a las tentaciones es orar.

“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil” (Mar 14:38)

Vemos a Jesús orando mucho y constantemente. Si Cristo oraba ¿Cuánto más debemos nosotros orar?

Leer la Biblia.

La Palabra de Dios es la herramienta por excelencia para poder ser fuertes ante los deseos de la carne. La Palabra de Dios no solo nos limpia, sino que sus enseñanzas nos transforman, nos dan entendimiento y nos permiten cambiar nuestra mente como la de Dios. La Palabra nos enseña cuán fútil e insensato es perseverar en el pecado. La meditación en la Palabra nos permite ser cada vez más como es Cristo: Santo, así como nuestro Padre es Santo.

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” (Jua 17:17)

Mortificar la carne.

La herramienta más común es el ayuno. Pero en general, es necesario no permitir que la carne tome lugar primordial en nuestra vida. Es necesario desechar cosas que nos incitan a pecar, alejarnos (pero no tanto que nos volvamos ermitaños) de ambientes y situaciones que sabemos que no son buenas para vivir agradando a Dios.

“Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal.” (Jua 17:14-15)

Y quiero hacer un énfasis en esto, pues aunque sabemos que alejarse “del mundo” luego trae religiosidad, fariseísmo y hasta una mala imagen del evangelio, es necesario que cada uno tome su cruz y muera a sí mismo cada día. En muchas iglesias en la actualidad se evita hablar de esto, pero es necesario que se enseñe, porque si no abandonas nada por el Evangelio nunca serás un buen cristiano. El cristiano siempre marca la diferencia, es distinto, es santo.

“Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece” (Jua 15:19)

Si eres igual a como eras antes de venir a los pies de Cristo, entonces el mundo te amará, por cuanto eres igual a ellos.

¿Hasta cuándo lidiaremos con el pecado en nuestros miembros?

Como la naturaleza pecaminosa la heredamos de Adán y está sujeta a nuestra carne (sí, ese cuerpo moribundo en el que habitas), entonces lucharemos con nuestras pasiones durante toda nuestra vida bajo el sol.

Por eso seremos transformados:

“He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.” (1Co 15:51-52)

He aquí que en la resurrección de los muertos todos los que creemos en Cristo seremos transformados. En este nuevo cuerpo ya no tendremos inclinación al pecado y por lo tanto las cosas santas se nos harán más sencillas y nos deleitaremos en ellas como hoy la carne se deleita en el pecado.

Esta es una excelente promesa para esperar con paciencia el regreso de Cristo, y no ver la muerte como el fin de las cosas sino como el inicio de algo mejor

Reflexiones

Los deseos de la carne no se alimentan con esfuerzo, sino que son fáciles para nosotros por cuanto así es nuestra naturaleza.

El enemigo nos tienta, el mundo nos seduce, pero nuestro mayor enemigo somos nosotros: nuestros pensamientos, deseos, actitudes y sentimientos. Debemos hacernos responsables y dejar de culpar a otros.

En Cristo somos competentes para resistir toda tentación. No tenemos excusas.

Tampoco es bueno afanarse en esta lucha. Hay cosas más importantes en el evangelio como la predicación, el amor, la paz, etc. Yo recomendaría afanarme más en tener los frutos del Espíritu que en evitar los frutos de la carne. Al sembrar los primeros, automáticamente los segundos comienzan a menguar.

Y mi eterna recomendación: Ora.

Ora de mañana, en lo íntimo, ora en tu mente, ora en el coche, ora en el trabajo. Ora por todo y por todos. Aprenderás de un Dios que tiene control de todo.

Bendiciones

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Conociendo a Jesús-hombre

Cada vez que leemos el Evangelio podemos ver a Dios a través de Él, y conocerlo. Pero también podemos ver a un hombre que caminó en la Tierra y conoce la forma en la que vivimos. No sólo es un Dios que se interesa en nosotros, sino que es un Dios que sabe lo que es vivir como nosotros.

El propósito de este escrito no es menospreciar la figura de Cristo. El propósito nace de este verso:

 Heb 4:15  Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

Jesús es la manera en la que entendemos a Dios a través de la vida de su Hijo. Pero también es una prueba de que Dios nos entiende, porque él sabe lo que es vivir “bajo el sol”

¿Jesús tenía sentimientos?

Jua 11:35  Jesús lloró.

Mar 6:34  Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas.

Sí, Jesús era un hombre que tenía sentimientos. Si bien, sabemos que el corazón es engañoso más que todas las cosas (Jer 17:9) en Jesús vemos que la vida cristiana no está peleada en sentir piedad y misericordia, o llorar. Sino todo lo contrario, nuestro corazón que ha sido cambiado de piedra a carne puede tener estos sentimientos, sólo hay que cuidar que ellos no dirijan nuestras decisiones.

¿Se enojaba?

Mar 3:5  Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.

Jua 2:15  Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas;

Jesús sí se enojaba. La Biblia menciona muchas veces en las que Dios se enoja. El único verso que podría condenar tal práctica es:

Mat 5:22  Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.

“Algunas versiones agregan sin causa, que capta el espíritu del texto, pero el agregado no se encuentra en los mejores manuscritos” (comentarios Mundo Hispano). También la versión inglesa King James incluye el agregado “sin causa”. Se los dejo a su consideración, amable lector.

De todos modos el apóstol Pablo no condena la práctica de enojarse. Sino que nos pide que cuando nos enojemos, no cometamos alguna locura que redunde en pecado (Efe 4:26  Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo)

¿Tenía necesidades físicas?

Mat 11:18-19  Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos.

Hay muchas partes del Evangelio donde el Señor Jesús se le ve con hambre y comiendo; con sed y bebiendo. Incluso, hay un verso en donde se le puede apreciar cansado físicamente.

Jua 4:6-7  Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta. Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber.

Podemos asegurar, sin el afán de que por celo religioso taches a este servidor de hereje, que el Señor Jesús también tenía que cumplir las necesidades fisiológicas al ir al baño.

¿Tenía casa?

Jesús tenía una casa en Galilea donde seguramente vivió su infancia con su mamá María y sus hermanos

Jua 1:38, 39  Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima.

Vemos pues que el Señor también practicó la hospitalidad. Bendito Señor que nunca nos ha pedido menos que lo que Él ya hizo antes que nosotros.

También tuvo otra casa en Capernaum. Cuando comenzó su ministerio se movió de habitación desde donde podemos ver que regresaba de sus viajes.

Mar 2:1  Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en casa.

¿Tenía familia?

A diferencia de lo que algunas corrientes podrían decir sobre la perpetua virginidad de María, en el Evangelio se muestra que Jesús tuvo más hermanos:

Mar 6:3  ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él.

Jua 19:26-27  Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Este último verso lo coloqué con el afán de que podamos distinguir que así como nosotros nos preocupamos porque a nuestros padres no padezcan, así Jesús le dio a María su madre un instrumento en la Tierra para que ella no quedara desamparada, esto es, a Juan el discípulo amado.

¿Tenía amigos?

Sabemos que el Señor no hace acepción de personas en el juicio. Sin embargo, esto nada tiene que ver con que Jesús, durante su vida terrenal tuviera una cierta afinidad con tres de sus discípulos: Pedro, Jacobo y Juan.

Ellos lo acompañaron en la transfiguración:

 Mat 17:1  Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;

Ellos vieron la sanidad de la suegra de Pedro

Mar 1:29  Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan.

En la resurrección de la hija de Jairo:

Mar 5:36-37  Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo.

Pareciera como si ellos hubieran tenido una relación más estrecha con el Señor durante su ministerio terrenal

Mar 13:3  Y se sentó en el monte de los Olivos, frente al templo. Y Pedro, Jacobo, Juan y Andrés le preguntaron aparte:

Ellos lo acompañaron en el Getsemaní:

Mat 26:36-37  Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro.  Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera.

Este último verso transformó por completo mi percepción de Jesús, desde el día en que el Señor me concedió verlo de esta manera: Veo a un Jesús que comió la cena con sus discípulos, que los llevó a los once que quedaban al monte. Pero luego de separarse con aquellos a los que más confianza tenía, al estar a solas en su grupo de intimidad, su rostro se mudó y dejó salir todo el pesar que guardaba en su pecho. Veo a un Jesús muy humano, previo al más grande de sus retos.

¿Tenía tentaciones?

Mat 4:1  Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo.

Sabemos que cada uno es tentado conforme a sus concupiscencias. En el caso de la tentación de Jesús, el diablo no lo tentó con pasiones desordenadas, con dinero o posesiones, sino que usó de las estrategias comunes que los humanos utilizamos cuando queremos tentar a Dios, provocándole a que manifieste su poder. Pero como Dios no puede ser tentado, así mismo Jesús lo resistió.

Por eso no pensemos que el Señor Jesús no se compadece de nuestras debilidades. Sino que debemos recordar que él vino a salvarnos, porque nosotros no podíamos.

Mar 14:38  Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

¿Jesús necesitaba orar?

Mar 1:35  Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.

Mar 14:32  Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro.

Existen muchos versos, sobre todo en el Evangelio de Marcos, donde el Señor Jesús ora. Antes de cada gran milagro vemos que el Señor oraba mucho. Esto nos impulsa a orar, porque mientras estemos en la tierra, necesitaremos vivir en dependencia y en comunión con el Espíritu Santo, que es nuestra fuerza y poder para poder vivir como sal de la Tierra y como Luz de este mundo.

¿Jesús tenía temores?

Mat 26:37-38  Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.

Luc 22:43-44  Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.

Este tema es más complicado y para una mejor explicación de este tema lee el post:

https://yaorr.wordpress.com/2012/01/25/la-terrible-justicia-de-dios/

Vemos de esta manera que Jesús no sólo es completamente Dios, sino también fue completamente hombre. Si lo comenzamos a conocer de esta manera nos podremos acercar de manera más confiada, y podremos explicarle todas nuestras aflicciones y alegrías en oración sin verlo como un Dios lejano, y comenzarlo a ver como un Dios que nos entiende en todo cuanto decimos.

Te reto a que en tu próxima oración hables con Jesús con naturalidad. Que busques en él a un amigo que te entiende y le platiques la situación que estás pasando con lujo de detalles, con lo que piensas, lo que sientes y luego esperes que el responda de la mejor manera. Apela a su Soberanía, respeta su Sabiduría y descansa en su buena voluntad. Y verás que el Evangelio no se trata  sólo de leer la biblia, sino de tener una comunión con Jesús, tu Señor, tu Salvador y tu Amigo.

 Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras

Heb 10:19-23 

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En el fuego

fuego
Lo último que Javier recordaba era el grito de Luis, un impacto, el sonido aterrador del metal crujiendo contra el asfalto, el vidrio golpeando su rostro, un doblez en el cuello, un crack en sus huesos, el viento entrando por el parabrisas y el agua del río al que estaban a punto de caer. Todo esto en un instante en el que se resumía su vida; un segundo que al terminar, traería un cambio del que nunca volvería a ser igual.
En el hospital, Javier miraba el techo blanco pensando en lo que había pasado. Su madre le informaba con ojos llorosos que el coche había caído desde un puente. La llanta se había ponchado, el volante se desvió y terminaron en las aguas del río en las que ese mismo día, mucho trecho más arriba, habían estado visitando a su abuelita.
Allí, mirando hacia el techo,  se preguntaba qué era lo que no había hecho bien, y aunque lo sabía, su orgullo no le dejaba reconocer. Allí, con el cuello fracturado y una costilla dañada pensaba en las palabras de su abuela. Sabía que sus palabras se habían convertido en ciertas, sabía que de otra manera las cosas estaban conectadas, pero en su interior temía sobre cómo iban a terminar esas cosas. No podía tener una razón convincente, no le hubiera podido explicar a nadie, mas en su corazón sabía que todo esto había ocurrido por alguna razón.
– ¿En dónde enterrarán a Luis?- preguntó de repente a su madre.
Ella, suspirando, tras una lágrima saliente y algo lo que parecía un gemido ahogado respondió – Lo enterrarán junto a tu abuelo- sollozó de nuevo y continuó –no teníamos tiempo para conseguir un mejor lugar-
– ¿No era el lugar para la abuela?- preguntó Javier
– Si, pero nunca pensamos que esto sucediera así ¿Cómo lo podríamos saber?- Su madre continuó sollozando hasta que Javier la interrumpió
– Ella lo sabía. Mi abuela sabía que esto iba a pasar- Su madre levantó la cara y le dispuso su atención, y luego Javier prosiguió –ella nos dijo que moriríamos-
– ¿Qué morirían? ¿Pero qué dices? ¿cómo podría saberlo?… ¿te dijo algo?
– Si, nos lo dijo… a Luis y a mí. Ya sabes cómo es mi abuela, se puso a hablar de religión.
– Ajá… ya sé cómo es ella… Pero ¿qué les dijo?- insistió su madre.
– Estábamos Luis y yo en la orilla del río, mi papá acababa de salir con mi tío Juan a buscar la carne y entonces ella nos llamó a comer tacos de frijol para aplacar el hambre. Allí nos dijo que había soñado con nosotros, de cómo los dos moríamos, uno en agua y el otro en fuego.
– ¿Eso les dijo?
– Si, mamá, eso nos dijo a mí y a mi hermano.
– ¿Pero les mencionó algo más? –replicó la mujer, tratando indagar más en este asunto- Te pregunto porque a la verdad tu hermano murió ahogado.
– Nos dijo que había estado orando mucho por nosotros para que el Señor nos salvara, para que aceptáramos por fin acompañarla a la iglesia. Entonces, ya sabes, nos pidió que nos arrepintiéramos, que buscáramos a Jesús y esas cosas, lo que ya muchas veces nos había dicho. Pero esta vez lo dijo con una profunda tristeza y fue notorio a Luis y a mí. Nos platicó que Dios le había avisado que pronto sufriría por nosotros, y que ambos íbamos a morir. Uno ese mismo día, y otro al día siguiente. Y sólo ha pasado un día, mamá. Temo morir el día de hoy.
– No te preocupes mi amor- Se levantó ella y se sentó en su cama acariciando el rostro de su hijo –Nada te va a pasar. Estás en un hospital muy seguro.
– Pero algo podría pasar, puede ocurrir un incendio, algún cortocircuito, ella me dijo que tú…
– Calla Javier- lo interrumpió no pudiendo soportar la idea de perder a sus hijos en sólo dos días –Ya estoy harta de tu abuela y su religión estúpida- abrió y cerró sus ojos con rapidez, los cuales se habían secado en el arranque de furia –Ya estaba harta de soportarle sus fanatismos cuando era novia de tu papá, como para que ahora ustedes tengan que sufrir de sus locuras… ¿Y qué más te dijo?
– Nos dijo que teníamos que arrepentirnos de nuestros errores, que teníamos que reconocer que Cristo había muerto por nuestros pecados. Y por eso quería que la ayudáramos a orar, pidiendo perdón a Dios.
– ¿Y tú le creíste? Ese es el mismo cuento de siempre.
– Pero qué tal si fuera cierto y…
– ¡Ay Javier! -le interrumpió ella- ya conozco esa historia, me la ha recitado cada vez que vamos a visitarla. Ella y su iglesia son una bola de santurrones que creen que tienen la verdad. Nos menosprecian y nos tratan como si necesitáramos de conmiseración – se quedó un momento callada, suspirando mientras alzaba los ojos como quien busca respuesta en su cabeza y en nadie más –Nunca le vayas a creer a sus historias, hijo.
– No mamá, nunca lo haré. No voy a visitarla nunca más.
El semblante de Javier cambió. Su pesar se convirtió en rencor y sus dudas desaparecieron. Lo que antes le había causado un momento de reflexión, en esos momentos le parecía una mentira; las palabras de su abuela que unos momentos antes le hacían pensar en su situación eterna, ahora sólo eran locuras y fanatismo.
– ¿Y sabes qué más nos dijo la loca de la abuela?- Continuó Javier
– ¿Qué cosa hijo?-
Javier sacó una sonrisa de sus labios y dijo con voz burlona
– Que tú misma me llevarías a la muerte.
– ¿Pero qué se cree esa mujer loca? –replicó su madre- En verdad ya no sabe qué decir. Ahora veo que adivinar lo de tu hermano fue pura casualidad. Primero dijo que tú ibas a morir por fuego, y luego que yo iba a tener algo que ver. No le hagas caso, hijo.
– Si mamá, no sé qué le pasa a la abuela, ya está chiflada –Javier continuó burlándose y en ese momento dispuso su corazón, en ese mismo día concluyó a oídos de su madre- Yo nunca voy a creer en Jesús.
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