Archivo de la categoría: cuentos cristianos

En el fuego

fuego
Lo último que Javier recordaba era el grito de Luis, un impacto, el sonido aterrador del metal crujiendo contra el asfalto, el vidrio golpeando su rostro, un doblez en el cuello, un crack en sus huesos, el viento entrando por el parabrisas y el agua del río al que estaban a punto de caer. Todo esto en un instante en el que se resumía su vida; un segundo que al terminar, traería un cambio del que nunca volvería a ser igual.
En el hospital, Javier miraba el techo blanco pensando en lo que había pasado. Su madre le informaba con ojos llorosos que el coche había caído desde un puente. La llanta se había ponchado, el volante se desvió y terminaron en las aguas del río en las que ese mismo día, mucho trecho más arriba, habían estado visitando a su abuelita.
Allí, mirando hacia el techo,  se preguntaba qué era lo que no había hecho bien, y aunque lo sabía, su orgullo no le dejaba reconocer. Allí, con el cuello fracturado y una costilla dañada pensaba en las palabras de su abuela. Sabía que sus palabras se habían convertido en ciertas, sabía que de otra manera las cosas estaban conectadas, pero en su interior temía sobre cómo iban a terminar esas cosas. No podía tener una razón convincente, no le hubiera podido explicar a nadie, mas en su corazón sabía que todo esto había ocurrido por alguna razón.
– ¿En dónde enterrarán a Luis?- preguntó de repente a su madre.
Ella, suspirando, tras una lágrima saliente y algo lo que parecía un gemido ahogado respondió – Lo enterrarán junto a tu abuelo- sollozó de nuevo y continuó –no teníamos tiempo para conseguir un mejor lugar-
– ¿No era el lugar para la abuela?- preguntó Javier
– Si, pero nunca pensamos que esto sucediera así ¿Cómo lo podríamos saber?- Su madre continuó sollozando hasta que Javier la interrumpió
– Ella lo sabía. Mi abuela sabía que esto iba a pasar- Su madre levantó la cara y le dispuso su atención, y luego Javier prosiguió –ella nos dijo que moriríamos-
– ¿Qué morirían? ¿Pero qué dices? ¿cómo podría saberlo?… ¿te dijo algo?
– Si, nos lo dijo… a Luis y a mí. Ya sabes cómo es mi abuela, se puso a hablar de religión.
– Ajá… ya sé cómo es ella… Pero ¿qué les dijo?- insistió su madre.
– Estábamos Luis y yo en la orilla del río, mi papá acababa de salir con mi tío Juan a buscar la carne y entonces ella nos llamó a comer tacos de frijol para aplacar el hambre. Allí nos dijo que había soñado con nosotros, de cómo los dos moríamos, uno en agua y el otro en fuego.
– ¿Eso les dijo?
– Si, mamá, eso nos dijo a mí y a mi hermano.
– ¿Pero les mencionó algo más? –replicó la mujer, tratando indagar más en este asunto- Te pregunto porque a la verdad tu hermano murió ahogado.
– Nos dijo que había estado orando mucho por nosotros para que el Señor nos salvara, para que aceptáramos por fin acompañarla a la iglesia. Entonces, ya sabes, nos pidió que nos arrepintiéramos, que buscáramos a Jesús y esas cosas, lo que ya muchas veces nos había dicho. Pero esta vez lo dijo con una profunda tristeza y fue notorio a Luis y a mí. Nos platicó que Dios le había avisado que pronto sufriría por nosotros, y que ambos íbamos a morir. Uno ese mismo día, y otro al día siguiente. Y sólo ha pasado un día, mamá. Temo morir el día de hoy.
– No te preocupes mi amor- Se levantó ella y se sentó en su cama acariciando el rostro de su hijo –Nada te va a pasar. Estás en un hospital muy seguro.
– Pero algo podría pasar, puede ocurrir un incendio, algún cortocircuito, ella me dijo que tú…
– Calla Javier- lo interrumpió no pudiendo soportar la idea de perder a sus hijos en sólo dos días –Ya estoy harta de tu abuela y su religión estúpida- abrió y cerró sus ojos con rapidez, los cuales se habían secado en el arranque de furia –Ya estaba harta de soportarle sus fanatismos cuando era novia de tu papá, como para que ahora ustedes tengan que sufrir de sus locuras… ¿Y qué más te dijo?
– Nos dijo que teníamos que arrepentirnos de nuestros errores, que teníamos que reconocer que Cristo había muerto por nuestros pecados. Y por eso quería que la ayudáramos a orar, pidiendo perdón a Dios.
– ¿Y tú le creíste? Ese es el mismo cuento de siempre.
– Pero qué tal si fuera cierto y…
– ¡Ay Javier! -le interrumpió ella- ya conozco esa historia, me la ha recitado cada vez que vamos a visitarla. Ella y su iglesia son una bola de santurrones que creen que tienen la verdad. Nos menosprecian y nos tratan como si necesitáramos de conmiseración – se quedó un momento callada, suspirando mientras alzaba los ojos como quien busca respuesta en su cabeza y en nadie más –Nunca le vayas a creer a sus historias, hijo.
– No mamá, nunca lo haré. No voy a visitarla nunca más.
El semblante de Javier cambió. Su pesar se convirtió en rencor y sus dudas desaparecieron. Lo que antes le había causado un momento de reflexión, en esos momentos le parecía una mentira; las palabras de su abuela que unos momentos antes le hacían pensar en su situación eterna, ahora sólo eran locuras y fanatismo.
– ¿Y sabes qué más nos dijo la loca de la abuela?- Continuó Javier
– ¿Qué cosa hijo?-
Javier sacó una sonrisa de sus labios y dijo con voz burlona
– Que tú misma me llevarías a la muerte.
– ¿Pero qué se cree esa mujer loca? –replicó su madre- En verdad ya no sabe qué decir. Ahora veo que adivinar lo de tu hermano fue pura casualidad. Primero dijo que tú ibas a morir por fuego, y luego que yo iba a tener algo que ver. No le hagas caso, hijo.
– Si mamá, no sé qué le pasa a la abuela, ya está chiflada –Javier continuó burlándose y en ese momento dispuso su corazón, en ese mismo día concluyó a oídos de su madre- Yo nunca voy a creer en Jesús.
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El peor de los ciegos

Había un hombre ciego que era muy sabio, según él. Tenía mucho conocimiento y mucha ciencia. Aseguraba que el mundo era oscuro, que sólo se debía palpar, que era imposible que existiera algo más que lo que se podía tocar. En el país de los ciegos se hizo muy famoso, con su filosofía dejaba boquiabierto a sus oyentes. Multitudes corrían a escucharle.

Un predicador pasó, y con las Escrituras le enseñó las verdades del Evangelio y de repente su ceguera desapareció. Supo que aparte de las cosas que él tocaba existían muchas más. Conoció que el cielo era azul. Supo que existían las formas en superficies planas y que aún los animales tenían pelaje de diferentes colores. También conoció que había cosas que no podía conocer sino por la vista, las nubes y las estrellas, y el sol que desde su condición terrenal, le era imposible conocer salvo por el calor que emanaba.

Pero dándose cuenta que por ello perdería el tener la razón, su gloria y su fama, decidió no seguir por ese Camino.

Un día el predicador regresó y quiso convencerlo de que volviera a ver, pero ya no era posible, él mismo se había sacado los ojos.

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Los caballos

-¿Está temblando?……

– Mmm… no… a ver

– Sí mira, está temblando.

– Si tienes razón. Vámonos.

– Espérame, ay…. ayúdame a levantarme.

– Apúrale, que ya sonaron la alarma, todos están saliendo del edificio.

– Ay Dios, está temblando muy fuerte.

– Tranquila, ya va a pasar.

– Pero es que mira, está temblando mucho.

– ¿Qué es ese sonido?

– Oh Dios!!!, mira…. Ahhhhh!!!…

– Es el edificio donde trabajaba mi esposo, ¡¡mira cómo se mueve!!

– Oh Dios… se siente bien feo

– ¿Qué es eso?… ¿es la alarma?… se escucha terrible

– No, parece más bien como el claxon de un camión, como un instrumento musical de esos grandes

– Parece más bien una trompeta…

…..

– ¿Y ese sonido?…. ¿son caballos?…

– Sí, parece el sonido de muchos caballos.

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