La batalla


La cama estaba aún caliente, no tanto como la mano de su abuelo. En el borde de la cama el joven Miguel lloraba preguntándole a Dios por qué había tenido que suceder así, por qué de ésta manera pues la enfermedad lo había tenido sufriendo desde ya largo tiempo. A pesar de todas las veces que lo había hallado de rodillas orando por su sanidad, nunca su enfermedad decreció –“El Señor sabe sus propósitos”- le decía. Mas en el corazón de Miguel éste tipo de pensamientos se le hacían absurdos. ¿Cómo un Dios que se supone es bueno, permitiría tan grande enfermedad sobre la vida de su abuelo, que toda su vida le había servido? ¿Por qué tendría que morir de una enfermedad tan grave con tantos sufrimientos como había padecido él? Pues aunque su abuelo nunca se quejaba, cada noche en que se iba a dormir sus lágrimas llenaban el piso al lado de su cama y sus gemidos llegaban al cuarto contiguo en donde Miguel y su hermana menor, Magnolia, dormían.

Cada mañana, su abuelo oraba a Dios y le agradecía por un nuevo día y se iba a trabajar. Todo el día predicaba de Su inmenso amor y Su misericordia, pero Miguel no alcanzaba a comprender cómo es que de los labios de su abuelo salían palabras llenas de tal convicción, ni cómo se empeñaba en publicar las grandezas de Cristo, a pesar de las dolencias que había pasado por Su causa. O su abuelo era un buen actor, o había algo que no sabía.

Su abuelo recogía leña en su carroza. Y a pesar de que el viaje a la ciudad era largo y cansado todos los días sin falta se iba a la ciudad a venderla, para darle de comer a sus nietos. Pasaba por quienes le proveían del material y al medio día ponía su rostro para ir a la ciudad en donde esperaban su producto. Nunca en 65 años les falló. Si caía a causa de sus enfermedades mandaba a Miguel o a alguno de sus vecinos, pero siempre la leña llegó a tiempo y en cantidades suficientes.

Mas en esa cama caliente habían terminado sus días, de los cuales Miguel sólo conocía los finales. Algunas personas platicaban de las aventuras de la juventud de su abuelo, las cuales no eran del todo satisfactorias ni abanderadas de moralidad. Sin embargo, reconocían que una vez que halló el Evangelio nunca jamás volvió a ser igual.

Todas sus palabras iban necesariamente ligadas con la Biblia y todos sus consejos llevaban de por medio alguna fracción de la Palabra de Dios. De todo lo que hacía le daba gracias a Dios y aún de las cosa malas decía “Señor, tú sabes por qué pasan las cosas”. Amaba a Dios como ninguno que Miguel conociera, y pensaba que nadie lo iba a amar si supieran lo que había sufrido su abuelo por Él.

Al momento entró Magnolia. Entendió rápidamente lo que sucedía al ver la cara de su hermano y salió corriendo hacia la casa de Doña Candelaria tratando de no tropezar cuando los ojos se le llenaron de lágrimas.

La noticia se supo rápidamente mientras Doña Candelaria regresaba con Magnolia en sus brazos tratando de consolarla.

Los vecinos comenzaron a correr la voz y al momento se comenzaron a escuchar sollozos a lo largo de la calle, de gente que se acercaba a la puerta sin atreverse a entrar, pues Magnolia lloraba desconsolada y sus gemidos quebraban el corazón de todo que llegaba. Nadie preguntaba qué había pasado, pues todos sabían que pronto llegaría ese día.

Miguel se levantó del borde de la cama. Haciendo berrinches salió del dormitorio mientras el llanto llenaba sus ojos que demostraban más furia que tristeza. Su corazón se había llenado de odio contra Dios y su alma no quería escuchar pésames de personas que sabía, no querían a su abuelo y que lo burlaban por predicar el Evangelio.

Cuando salió, rápidamente Magnolia entró al cuarto y cayó sobre el regazo de su abuelo, llorando suplicante: “No te vayas” -le decía- “No te mueras, abuelito, no me dejes”. Estas palabras quebraron el silencio que se formó cuando Miguel había salido y la tristeza contristó los corazones de los presentes.

¡¿Quién de aquí conoció a mi abuelo?! –Gritó Miguel al salir de la casa, acallando los sollozos de muchos de los vecinos -¿Quién de los que están aquí no lo despreciaron alguna vez? Díganme- La multitud calló y conforme iba pasando la mirada de Miguel sobre los ojos de cada uno, éstos la evitaban evidenciando su culpa. -¿Quién de ustedes nunca lo tachó de loco y quién nunca se rió cuando les predicaba del amor de Dios?- el silencio se hizo total, sólo los llantos desde adentro de la casa lo interrumpían, no hubo quien tuviera el valor de responderle –No sé de qué Dios hablan cuando van a sus iglesias. Si Dios existe nunca escuchó las súplicas de mi abuelo- Siguió diciendo, y pretendía continuar, pero sus palabras se ahogaron en lágrimas y no tuvo opción que meterse de nuevo esperando saber qué decirle a su hermana.

Doña Candelaria había entrado y estaba consolando a Magnolia que no se quería separar de la cama. La mano derecha del abuelo estaba bañada en sus lágrimas mientras que la izquierda tenía su Biblia la cual había tenido a su lado desde el día en que sus dolores no le permitieron levantarse más.

Miguel tomó la Biblia y encontró en ella una nota, la cual al mirarla su corazón tembló al pensar que tal vez en ella se encontraban las últimas palabras de abuelo, las cuales no sabía si podría soportar. Abrió la nota y comenzó a leer:

“Hijo:

Yo así lo quería. Mis dolores se acabarán, mi vida iniciará y por fin tendré paz.

Sabes, yo así se lo pedí, y por fin me respondió”

Las lágrimas de Miguel rodaron por su mejilla y mojaron la nota la cual caía de su mano para limpiarse las gotas de la cara. Las lágrimas no le impidieron ver que en la página de la Biblia donde estaba la nota, tenía un versículo subrayado. Así que tomó firmemente la Biblia y comenzó a leer. Su corazón no pudo resistir y en verdad comenzó a sollozar, más su gemir no era de odio, ni de ira, sino en verdad en su corazón nació una gratitud y un deseo de alabar el nombre del Dios de su abuelo. Comprendió muchas cosas que antes no entendía y en verdad estuvo agradecido que ese día el corazón de su abuelo por fin se haya detenido.

Comprendió cuán grande era su egoísmo al quererlo tener todavía junto a él y aborreció el haber pensado por un minuto que era injusticia que se tuviera que morir. No había paz en su corazón, pero Dios mismo se lo había revelado para gozo, no sólo de los que se van, sino también de los que se quedan; sabía que la vida de su abuelo no había sido en vano y anhelaba, que si con sufrimientos y sin glorias, él quería vivir cada día pensando en Dios como lo había hecho él.

Salió con sus vecinos con quienes lloró la pérdida de su abuelo. Las emociones eran similares, así que nadie le importó que se hubiera levantado en gritos momentos antes. Al momento recibió consolaciones y se enteró de que muchas personas se sentían profundamente agradecidas con Dios por la vida de su abuelo, de las muchas veces que con palabras los apoyó y de cómo llegó en los momentos precisos para darles aliento.

En la tarde, una multitud llegó desde la ciudad para rendirle honor al hombre que alguna vez escarnecían. Multitudes llegaron dando testimonio de la influencia de la vida de su abuelo como ejemplo, y de cómo sus vidas habían cambiado una vez que recibieron a Jesús, por la predicación de este hombre.

Hombres poderosos y con altos rangos llegaron al siguiente día en que lo enterraban y gente que Miguel ni conocía le saludaban por su nombre, pues su abuelo siempre hablaba de ellos. Como cien coronas rodearon su tumba y muchas flores fueron cortadas para ponerlas junto al lugar del reposo de su cuerpo. Reconocimiento digno de un monarca, ante un hombre que lo único que tenía era a Jesús como jerarca de su vida.

Miguel veía todas éstas cosas y se sorprendía, su corazón no daba cabida ante las cosas que se presentaban delante de sí. Más su corazón anhelaba que todo supieran lo último que su abuelo había leído. Así que pidió se le permitieran unas palabras para la multitud antes de que se retiraran a sus casas. Tomó la vieja Biblia de su abuelo, lo abrió en el verso que había leído el día anterior y exclamó:

He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.

Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida. 2Ti 4:7-8

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