Libro 67 de la Biblia: el Libro de Urías


Introducción

El ministerio del profeta, tal como se manejaba en el Antiguo Testamento, no era un juego de niños ni tampoco un cuento de hadas. La profecía era la revelación de Dios  a una persona ungida con su Espíritu, y ésta persona tenía que llevar la palabra a su destino. Muchas veces la profecía estaba dirigida al pueblo, en ella el Señor daba consolación, dirección y reprensión (como lo hace la Palabra de Dios actualmente 2Ti 3:16). A veces la palabra era dada a reyes, líderes religiosos o a personas comunes; el profeta tenía la obligación de hacerlo no importando las consecuencias de lo que esto podría acarrear sobre su vida.

Bienaventurado era el profeta que vivía en tiempos de paz y de avivamiento, por cuanto las palabras de Dios eran de complacencia sobre el camino de sus siervos. Pero ay por el profeta que vivía en tiempos de angustia, de idolatría y denigración moral. Quienes vivieron en tiempos de éste tipo tenían la obligación de dar la palabra de desagrado por parte del Señor, manifestar al pueblo que sus caminos eran torcidos, que su manera de vivir vergonzosa, que la bandera de la ira del Señor hondaba sobre su cabeza.

La Biblia explica en el libro de Hebreos más o menos lo que les pasó a este tipo de hombres:

Heb 11:37  Fueron apedreados,  aserrados,  puestos a prueba,  muertos a filo de espada;  anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras,  pobres,  angustiados,  maltratados;

Ésta visión no es muy alentadora para quienes buscaban, y aún para quienes buscan el servir a Dios no importando las consecuencias.

Por ejemplo, el profeta Jeremías fue un gran varón de Dios que tuvo que vivir en tiempos de grande denigración moral, y a pesar de que su carácter era manso y misericordioso, él tuvo la tarea por parte del Señor de reprender al pueblo y a sus líderes religiosos en el mismo templo de Jerusalén:

Jer 26:2  Así ha dicho Jehová: Ponte en el atrio de la casa de Jehová,  y habla a todas las ciudades de Judá,  que vienen para adorar en la casa de Jehová,  todas las palabras que yo te mandé hablarles;  no retengas palabra.

No retengas palabra. Esa fue la orden de Dios para Jeremías. ¿Por qué? Porque lo que Jeremías les iba a decir a esas personas no era necesariamente palabras dulces, no. Jeremías les iba a decir a aquella gente religiosa que sus obras eran sucias, pecaminosas y vergonzosas delante de Dios. ¿Qué esperaba Jeremías que le respondiera el pueblo: “Gracias por la reprensión”? Jeremías y todos los profetas de su época sabían que se iban a enfurecer, que como muchos antes que él, lo iban a querer apalear, apedrear o aserrar (de hecho según la tradición, el profeta  Isaías predecesor de Jeremías, fue aserrado vivo (para quienes no saben qué es “aserrado”, significa que fue cortado con una sierra, y no necesariamente de las actuales)). Así que Jeremías sabía que iba a ser aborrecido. Por eso el Señor, le ordena explícitamente que “no retengas palabras”, pues tal vez, en el momento de la verdad, Jeremías iba a querer acomodar el mensaje para que pareciera más dulce, más suave, más digerible para el pueblo. Pero eso no era lo que el Señor quería, sino que supieran que desde lo alto Él veía cómo su nombre era blasfemado aún dentro de su  casa donde le adoraban, que su religión lucrativa era aborrecible y el culto hipócrita no lo podía soportar más, por lo que destruiría a Jerusalén si no se arrepentían.

Jer 26:6  yo pondré esta casa como Silo, y esta ciudad la pondré por maldición a todas las naciones de la tierra.

Para explicación rápida, Silo era el lugar donde antes estuvo colocado el tabernáculo de Dios, que posteriormente fue sustituido por el templo de Salomón. Silo estaba en el reino de Israel el cual ya había sido destruido, y el Señor pensaba hacer lo mismo con Jerusalén con todo y templo.

¿Qué creen que hicieron los que escucharon el mensaje?

Jer 26:8  Y cuando terminó de hablar Jeremías todo lo que Jehová le había mandado que hablase a todo el pueblo, los sacerdotes y los profetas y todo el pueblo le echaron mano,  diciendo: De cierto morirás.

Así, el pueblo llenaba la medida de sus ancestros, pues cada generación había querido (y aún lograron) matar a quienes los reprendían, y hasta hoy, todos los reaccionan de la misma manera cuando son confrontados con la palabra profética más segura, la palabra de Dios (2Pe 1:19, Jua 10:39, Mar 13:9).

Jeremías fue llevado primero delante de los príncipes (o principales, para que no los relacione con los hijos de los reyes), Jeremías les repitió todo lo que el Señor le había mandado a decir y también unas palabras hermosas, según mi parecer:

Jer 26:14-15  En lo que a mí toca,  he aquí estoy en vuestras manos; haced de mí como mejor y más recto os parezca. Mas sabed de cierto que si me matáis, sangre inocente echaréis sobre vosotros, y sobre esta ciudad y sobre sus moradores; porque en verdad Jehová me envió a vosotros para que dijese todas estas palabras en vuestros oídos.

¡Wow! Esto sí es ser valiente y no luchar en medio de una guerra. Jeremías sabía que según sus contemporáneos, maldecir el templo, el lugar de reposo de la presencia de Dios, era una blasfemia y dicho pecado debía ser castigado con la muerte. Jeremías reconocía las autoridades terrenales y se sujetaba a ellas, pero antes, él había obedecido el mandamiento de Dios.

Viendo su actitud, y sabiendo que era varón de Dios, algunos ancianos se levantaron y defendieron a Jeremías con dos ejemplos:

 

El ejemplo de Miqueas de Moreset

Jer 26:18-19 Miqueas de Moreset profetizó en tiempo de Ezequías rey de Judá, y habló a todo el pueblo de Judá, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Sion será arada como campo, y Jerusalén vendrá a ser montones de ruinas, y el monte de la casa como cumbres de bosque.

¿Acaso lo mataron Ezequías rey de Judá y todo Judá? ¿No temió a Jehová, y oró en presencia de Jehová, y Jehová se arrepintió del mal que había hablado contra ellos? ¿Haremos, pues, nosotros tan gran mal contra nuestras almas?

En este caso real el profeta en cuestión era Miqueas un hombre de Judá. El rey era Ezequías, un hombre temeroso de Dios, que durante su tiempo Dios le dio la salvación al reino de Judá cuando los asirios venían a destruirlo.

Durante éste tiempo existió una prosperidad tanto espiritual como económica, a pesar de que la práctica de la religión por parte de los profetas y sacerdotes estaba corrompida por amor al dinero.

Miqueas profetizó contra Jerusalén, cosa que también era blasfemia en aquél tiempo, obedeciendo la palabra de Dios. Ezequías junto con el pueblo se humilló aceptando la reprensión, se convirtieron de su camino torcido, y caminaron junto a Dios. Ésta disposición del rey y del pueblo para dejarse corregir por los profetas, hizo de éste periodo quizás el mejor de todos los del reino de Judá, compitiendo apenas con el periodo de Josafat y Josías.

El resultado es que se cumplió el propósito de la profecía por la obediencia y perseverancia de Miqueas. Sus profecías las podemos leer en su libro homónimo.

 

El caso de Urías hijo de Semaías:

Inmediatamente, los ancianos, entre ellos Ahicam hijo de Safán, dieron el ejemplo de otro profeta:

Jer 26:20-23  Hubo también un hombre que profetizaba en nombre de Jehová,  Urías hijo de Semaías,  de Quiriat-jearim,  el cual profetizó contra esta ciudad y contra esta tierra, conforme a todas las palabras de Jeremías; y oyeron sus palabras el rey Joacim y todos sus grandes,  y todos sus príncipes,  y el rey procuró matarle; entendiendo lo cual Urías, tuvo temor,  y huyó a Egipto. Y el rey Joacim envió hombres a Egipto, a Elnatán hijo de Acbor y otros hombres con él,  a Egipto; los cuales sacaron a Urías de Egipto y lo trajeron al rey Joacim, el cual lo mató a espada, y echó su cuerpo en los sepulcros del vulgo.

El Profeta en cuestión era Urías, un hombre igualmente de Judá. El rey en el trono era el mismo que en los tiempos de Jeremías, Joacim. O sea, que éste ejemplo no sólo era aplicado como un ejemplo del pasado, sino como una prueba del peligro actual que sufría Jeremías.

Urías profetizó igualmente en condiciones muy diferentes a las de Miqueas. El reino estaba conmovido por la alerta del avance de las tropas de Babilonia hacia Judá, y el rey estaba buscando la forma de aliarse con otras naciones para poder resistir, y no buscando del Señor. Además, el pueblo vivía en una idolatría desmedida, sacrificando sus hijos a Moloc, y comiendo cosas inmundas que no les era permitido según la ley de Moisés. El rey, era el hijo de Josías (un excelente rey) pero que no había seguido la huella de sus pasos. Éste Joacim había sido impuesto por el Faraón de Egipto, así que era su vasallo y le debía su lealtad. Así que cuando Urías profetizó para que se compusieran de su mal camino, ni el rey ni el pueblo estaban en la disposición de corregirse, sino que (como a todos los buenos profetas) lo quisieron matar. El error de Urías consistió, primero, en huir a Egipto que era aliado de Joacim; y segundo, haber querido salvar su vida a costa del ministerio que el Señor le había dado.

Cuán diferente fue la actitud de Urías con la del profeta Jeremías al momento de ser señalado como digno de muerte. El primero huyó, el segundo confió en su Dios. Se podría justificar no seguir los pasos de Miqueas por cuanto éste vivió en una época muy distinta en la que Urías ministró, pero Jeremías era un ejemplo de que a pesar de las adversidades, el dejar el lugar en el que el Señor le había puesto, no era una opción que le correspondía decidir, sino solamente al Señor.

Así, tanto Miqueas como Jeremías habían obedecido, siendo ejemplos del uso de fe y no sólo de la presunción, en tiempos de paz o de guerra, en reposo o en conflicto, en prosperidad o tribulación. Mientras Urías es un ejemplo de lo que le sucede a un hombre que abandona el propósito que Dios le ha dado en medio de su pueblo, no importando que la adversidad sea del tamaño del enojo de un siervo o de la furia de un rey.

A Jeremías y a Miqueas los podemos leer en sus libros los cuales están reunidos en el más grande, sabio y perfecto libro de la historia, la Biblia. Pero ¿dónde está el libro de Urías? Si todos los hombres habremos de ser llevados al sepulcro, que nuestra corona sea de perseverancia que trasciende los tiempos y las generaciones, y no de flores que se marchitan al primer resplandor de la adversidad. Si Urías hubiera obedecido y perseverado, si bien no puedo asegurar que hoy Urías tuviera su lugar en la Biblia, sí estoy seguro de que su ejemplo no hubiera sido utilizado como escarmiento sobre los que se detienen una vez que han conocido la gracia del Espíritu del Señor.

El pueblo era inconstante y no sabía pensar por sí mismo: Delante de los sacerdotes querían matar a Jeremías, y ante los príncipes querían que lo dejaran vivo. Así, una vez vino un hombre al cual el lunes le echaban ramas en su camino y le cantaban ¡Hossana! ¡Hossana! Y el viernes lo estaban crucificando. No es de extrañarse que los hombres sean movidos como también lo fue Urías. ¿Es usted así? Porque si el Señor Jesús hubiera sido de la misma calidad, usted y yo en esta hora estaríamos sin esperanza, y el Espíritu del Señor no sería sino en la vida de Jeremía y Miqueas un cuento de niños, y su valentía solamente como un cuento de hadas.

Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición,  sino de los que tienen fe para preservación del alma.

Heb 10:39

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Un pensamiento en “Libro 67 de la Biblia: el Libro de Urías

  1. Luis Rodolfo Berni Garcia dice:

    Gracias por el estudio explicado desde la optica de un hombre bendecido por Dios, nuestro maravilloso y justo creador; cuando su bendita palabra es derramada sin ninguna influencia impropia, es un refresco para el alma y una esperanza segura de vida…. Bendiciones

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