El suicidio consumado de Ariel


El suicidio no es una opción

El suicidio no es una opción

La ventana era fría y fría la lluvia que la mojaba; fría la cama y fría la habitación donde aguardaba; frío estaba el labio y fría la boca abierta, donde la pistola estaba a punto de enfriar el cuerpo de Ariel…

La vida no era precisamente justa, ni agradable el caminar por esta tierra. Ariel pensaba sobre lo que había sido de su vida, y se daba cuenta que para nada había llegado a este mundo, sólo para sufrir y para vivir sin un motivo.

Su madre varias veces le había dicho que “nada se llevaría en las manos” así que en ese momento pensaba ¿Para qué trabajamos en esta vida?; si nadie te recordará más allá de los que te conocieron ¿Para qué esforzarse en hacerse de una fama?; y más aún, si con el morir no cambiaba nada ¿Por qué no –se  preguntaba a sí mismo- por qué no morir ahora?…

Su madre, devota de toda la vida, le había enseñado a ser justo y temeroso de la autoridad. Pero con el pasar de sus días se había dado cuenta que la vida estaba llena de injusticias, y que los que quebraban las leyes eran los que más éxito tenían; los que más maldecían, eran los más admirados; los hombres malos eran sepultados con multitudes a su alrededor, y aún en su lecho de muerte, en una cama caliente, sus familiares lo acompañaban hasta su último aliento; sería recordado como un gran hombre, sin importar que su fortuna la haya obtenido pisoteando a cualquiera que le fuera un obstáculo. Mientras tanto que el hombre honesto vivía cuidando no meterse en problemas, y aún pagaba el daño del hombre mentiroso.

Veía cómo no hallaba éxito el que respetaba a su prójimo, el que no hablaba a las espaldas de nadie. Al que no hacía escándalo de sus triunfos le era muy difícil ser reconocido, mientras que el presuntuoso se llevaba todas las palmas.

¿Cuántos tribunales llevaban al inocente tras las rejas, y hacían caso omiso de la falta del influyente? ¿Cuántos magistrados no sucumbían por brillo del dinero y doblaban las leyes sobre el perjuicio del justo y el sediento de la labor del juez? ¿Cuántos, aún con el caminar pausado y llevando la cruz sobre el pecho, les eran conocidos sus pecados, los cuales caían sobre el pueblo pero que para ellos no parecían pesar?

¿En quién se podría confiar, a dónde debía recurrir? El gatillo se deslizaba suavemente. Sabía que al tronar de esa arma sus dolores dejarían de existir… ¿pero qué será después de la muerte?

El alcohol sólo retrasaba la dosis de la culpa, y el dormir sólo era un pretexto para volver a vivir el mañana. Su esposa era “esa mujer” con la que desayunaba todos los días, con la que con cadencia regular hacía ejercicio en la cama, aquella que le robaba la colcha por las noches y la que le abría la puerta después de llegar cansado de la diaria rutina. Su padre desde hace diez años que había muerto, y su madre siempre metida en el templo, con la que ya no podía platicar porque sólo hablaba de la Biblia.

          Mi madre –soltó el gatillo por un momento- ¿Qué diría si me viera en este momento?

Ciertamente Ariel sabía lo que su madre le diría: entrega tu vida a Cristo. Su madre era lo único que le decía cuando venía a ella por algún consejo, por eso había dejado de frecuentarla.

          Primero muerto antes de arrodillarme ante algo invisible- se decía él

Pero a pesar de que ella había sido envenenada por el fanatismo del grupo al que acudía, ella seguía siendo su madre, y sabía que lo amaba. Y seguramente se le iba a destrozar el corazón de maneras más violentas que las de su cerebro cuando disparara el arma.

          ¡Muérete!- Fueron las palabras que le dijo su madre, con una sonrisa en su boca, el día en que le mencionó que esta vida no tenía sentido. Cuando él la miró con ojos de admiración, ella le respondió con una risa más grande – Sí, muérete hijo. Pero vive para el Señor-

Al escucharla le supieron a broma sus palabras, pensó que tanto leer la Biblia le había quemado las neuronas. Pero en este momento, en esta fría habitación, con una pistola amenazando quitarle la vida, esas palabras comenzaron a tomar algo de forma.

         Me voy a morir- comenzó a pesar la magnitud de las palabras –Me voy a morir, y no sólo eso, sino que me quiero morir- Pensó en todo lo que algún día dijo que haría, y que no iba a hacer; en las promesas que dijo que cumpliría, y que no iba a cumplir; en las cosas que dijo que nunca haría y……  –primero muerto antes de…-

Bajó el arma y con ella su cabeza. Lágrimas salieron de sus ojos cuando supo lo que estaba a punto de hacer. Ya estaba virtualmente muerto, prácticamente había decidido perder la vida, no había nada más que perder. Aún en el desconocimiento de las cosas sabía que algo lo dominaba, algo más fuerte que su orgullo, algo más pesado que el valor de sus propias palabras. Sabía que era absurdo su pensamiento, pues en ese momento le estaba dando una oportunidad a Dios de hacerse visible en su vida, de saber si en verdad era cierto lo que su madre decía, de conocer si todo lo que decían era realidad, si Dios en verdad existía.

Le pidió perdón a Dios por todos sus errores (sabía que se llamaban de otro modo, pero le costaba tanto trabajo admitirlo), habló con Él como si lo tuviera en frente, y con palabras entrecortadas, con más sollozos que oraciones, expuso su corazón delante de Jesús. Dijo todo lo que le tenía que decir, por momentos estuvo tentado a reclamarle, pero el temor lo invadía. Y al conocer que estaba delante de su presencia, pues sentía cosas que nunca había experimentado, supo que no valía la pena y reconoció que era un pecador, sí, con todas sus palabras.

Habló con él, como tantas noches halló a su madre clamando por su vida. Habló tanto como quiso y tanto como su cuerpo ya cansado se lo permitió. Lloró con expresiones de rabia y de enojo hacia su propia vida, y sollozó cuanto quizo, pues estaba perdiendo la vida, en ese momento estaba negando a su “Yo”. Arrodillado, supo que había sido humillado, pero ¡Dios Santo! en verdad había valido la pena.

La habitación seguía fría, pero su cuerpo sudaba en la más grande batalla que había tenido. La cama fría aún aguardaba su cuerpo. La tempestad se había calmado, y volteando a ver su mano observó el arma. La hizo a un lado pues ya no era necesaria, ya había cumplido su cometido: estaba muerto para sí mismo… pero estaba vivo para el Señor.

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 Jua 12:24  De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

Mat 16:24  Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

Jua 12:25  El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.

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Ver también para las injusticias de la vida, de las cuales Dios las conoce, en la Biblia se registran:

Asaf, el principal cantor de David dijo: “Porque tuve envidia de los arrogantes,  Viendo la prosperidad de los impíos / Porque no tienen congojas por su muerte, Pues su vigor está entero / No pasan trabajos como los otros mortales,  Ni son azotados como los demás hombres / Por tanto, la soberbia los corona; Se cubren de vestido de violencia.” (Sal 73:3-6)

Isaías profetizó: “¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía / para apartar del juicio a los pobres, y para quitar el derecho a los afligidos de mi pueblo; para despojar a las viudas, y robar a los huérfanos!” (Isa 10:1-2)

Salomón, viendo al mundo dijo: “Asimismo he visto a los inicuos sepultados con honra; mas los que frecuentaban el lugar santo fueron luego puestos en olvido en la ciudad donde habían actuado con rectitud. Esto también es vanidad.” (Ecl 8:10) 

“También estos son dichos de los sabios: Hacer acepción de personas en el juicio no es bueno.“ (Pro 24:23)

 

Por eso hay que pensar como Salomón:

 “Aunque el pecador haga mal cien veces, y prolongue sus días, con todo yo también sé que les irá bien a los que a Dios temen, los que temen ante su presencia” (Ecl 8:12)

Dios los bendiga. Ah!! y entrega tu vida a Cristo, es en serio…

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