Viviremos siempre juntos


por Jaor

Mikhail llora por un callejón mientras corre hacia la estación del metro. La cabeza le duele mucho pero no es una jaqueca, tampoco es que la máquina lo haya dañado; tal vez es una mezcla entre el dolor físico y el dolor del alma.

El cielo llora como una mujer que ha perdido a sus hijos, como una madre en el funeral de toda su descendencia. Las gotas de agua y sudor recorren todo el cuerpo de Mikhail que no ha parado de correr desde hace media hora. No es que esté descansado, está tan agotado que quiere morirse –Cómo no tuve ese deseo antes- piensa por un momento. No es que no tenga a donde ir, simplemente no existe para él refugio. No es que no sepa con quien recurrir, sólo que sus amigos ya no están con él. Y como ya no quiere apelar a la misericordia del cielo, desea morirse, pero ya no hay marcha atrás… aún está vivo.

Débil, cansado de llorar se detiene en la estación para tomar el metro subterráneo. Si antes era lúgubre, desde hace dos años todo se había vuelto más inhóspito a causa de las nuevas reglas de la sociedad. Sube al vagón y mira las caras de aquellos que en otro momento lo hubieran perseguido a palos, hoy lo miran como un miembro, y le sonríen con cara de satisfacción. No es que sepan lo que sucedió, sino que claramente pueden ver su inclinación.

10 años antes, en su universidad, Mikhail conoció a Miriam, una jovencita muy educada que rápidamente llamó su atención. Descubrió para su sorpresa que ella y su familia eran seguidores de Cristo, y aunque se alejó de ella por un tiempo para no meterse en compromisos con esas personas de hábitos “inconvenientes” e “incómodos”, los caminos de ellos se cruzaron durante el último semestre en un diplomado, ligando sus vidas para la posteridad.

Al poco tiempo aceptó la vida cristiana y le fue fácil al principio debido al buen testimonio y carácter de Miriam y sus familiares. Abandonó muchas cosas por amor al evangelio, asistía sin falta a todas las reuniones de la iglesia entre semana, y más aún a los servicios religiosos los domingos. Se convirtió en un cristiano dispuesto a darlo todo por la obra de Dios, convirtiéndose en poco tiempo en un buen maestro de la Palabra, brazo derecho del pastor de la congregación. El día llegó cuando Miriam le dijo -Viviremos siempre juntos- y él confirmó esa idea. Ese día fue cuando por fin se casaron, para alegría de la iglesia.

Los primeros años de la década no fueron fáciles para ninguna familia que Mikhail conociera. La escasez de alimentos a nivel mundial ocasionó muchos disturbios y pequeñas guerras territoriales sobre todo por agua y bienes naturales. Así que en oración constante, Mikhail hacía lo posible para sacar adelante a Miriam, sus familias y a su hijo Mikhail Jr y, también al que naciera tiempo después, Marcus.

Viajando en ese metro oscuro comenzó a recordar su vida y cómo se había conducido. Se rascaba el brazo derecho pues tenía una picazón constante en la herida que le habían provocado hace poco y su mente vagaba por sus recuerdos sin encontrar consuelo para su alma.

El metro salió de la oscuridad y corría sobre un puente que cruzaba el río. A lo lejos se veía la ciudad en la que había vivido, y a la cual hoy regresaba. Y aunque había muchas luces, ruido y risas, la ciudad parecía vacía, triste y moribunda.

La maldad corría por las calles de manera sigilosa, ya no tan escandalosa como antes. El deleite en la maldad del hombre decrece cuando se posee licencia, así, teniendo como principio básico las actividades natas de la inmoralidad ya no eran tan disfrutables como antes, así que se buscaban modos más perversos de vivir.

A lo lejos, se lograban ver fuegos gigantes a las afueras de la ciudad que desde hace dos años se habían comenzado a encender, crecieron en número pero luego comenzaron a extinguirse al decrecer el número de carbones humanos que los alimentaran. Aunque según las noticias, exitosamente en otros países estaban en aumento.

Con los nuevos esquemas internacionales de gobierno ya no importaban los límites territoriales, las violaciones a la Ley de Dios se cometían en todo lugar; no importaba la raza o el color de piel, todos gozaban de su propia identificación visible para todos; no importaba la religión que profesaras, todas habían apostatado.

El nuevo régimen sólo pedía obediencia los deseos de su figura, y después de esto, todo era legal. Las leyes se convirtieron en esquemas teóricos sin ningún poder sobre las conciencias de los hombres y las autoridades desde hace mucho tiempo se habían desaparecido de las calles. Los hombres con amor a la justicia decidieron dejar de luchar porque vieron que era inútil desafiar al sistema; otros, porque fueron confundidos con los “fanáticos religiosos” y condenados a la hoguera; y muchos otros más porque eran de “esos” que en verdad merecían ser convertidos en carbones humanos.

Cuando se empezó a perseguir a todos aquellos que “amenazaban” a la nueva autoridad, con sus ideales arcaicos, sobre todo aquellos cristianos que vivían en una “hipócrita santurronería” (porque los verdaderos cristianos sí habían aceptado el nuevo gobierno a causa de los privilegios), las personas comenzaron a practicar su fe en lo oculto, y lo que antes era santo y digno de admirarse, pronto se volvió despreciable y peligroso para el bienestar mundial.

-Viviremos siempre juntos- Le resonaban en la mente de Mikhail las palabras que Miriam le había dicho antes de iniciar la ceremonia que los había unido en matrimonio en ese pequeño templo, en el que el día de hoy, sobre sus cenizas acababan de construir un bar. Esas palabras que en su tiempo fueron dulces pero que hoy caían amargamente en su pecho, a causa de la traición.

El recuerdo le asalta la mente y su pecho se comienza a estrechar, siente que nunca volverá a hallar la paz. Vuelve nuevamente a sollozar, ya no tiene más lágrimas para derramar, no tiene más fuerzas para gemir, su aliento no es suficiente para exclamar el grito que anhela desgarrar su alma. No hace ruido, sólo refugia su cabeza en la entrepierna y sus pantalones mojados; se cubre la cabeza con la chaqueta nueva que está tan mojada como un trapeador en uso. Los que están próximos a él, sorprendidos observan su actitud miserable contraria a los modales de “dignidad”, “valor propio” y “raciocinio puro” con los que se deben de comportar los que han aceptado el camino de la libre conciencia.

A lo lejos, tres tipos con voz burlona y manchas de sangre en sus botas se deleitan en su plática maliciosa, como quienes no les importa que todos los escuchen.

-¿¡Viste como lloraban esos perros!?- dice uno flaco vestido con una chaqueta militar –Esa gente es estúpida. Mira que morir por una tontería- disimuladamente baja un poco la voz para continuar con su comentario -digo, no estoy de acuerdo con todas las ideas del Nuevo Pacto, pero tampoco me voy a dejar que me maten por ello.

-Tienes razón- dice otro, de mejor complexión que el primero, pero cuya principal característica son sus grandes ojeras, evidencia de que no ha dormido bien en varias noches – ¡¿Viste cómo corría su sangre?! Wow! Era impresionante. Desde hace tiempo que hubieran permitido que los sacaran de la sociedad a punta de balazos- se acomoda el arma que guardaba bajo la chaqueta y continúa su conversación –Unos primos por parte de mi madre pertenecían a la primera iglesia de locos que atraparon en la parte norte de la ciudad ¡Qué bueno!, porque la verdad esos malditos me caían muy mal.

Un tercero, más gordo y con una postura que evidenciaba que se encontraba alcoholizado dijo balbuceando –el meroshjo- como queriéndoles recordar a sus amigos algún evento en específico.

-¿Qué dices?- preguntó el primero –Habla bien.

Respondiendo el hombre gordo con una voz un poco más clara que la vez anterior –miedoso-

Ah si!!- el primero toma la palabra habiendo recordado el incidente- ¿Vieron el miedoso que salió corriendo pidiendo por piedad?- Los otros dos rieron al mismo tiempo, y luego el mismo hombre continuó –siempre resulta uno así. ¡¿No que muy valientes?! ¿No que muchos cantitos de dar la vida por Jesús? Va!! Puros cuentos-

Y luego agrega el segundo –¿Y los viste cantando? No comprendo la mente fanatizada de esas personas que aunque ven que los están asesinando, todavía pretenden ser muy devotos- la plática bulliciosa se convierte en silencio por un instante, Mikhail comprende que les vino a la cabeza el recuerdo de tal imagen y luego el primero de ellos interrumpe con voz fría y con la ausencia de toda piedad en el tono de su voz –Espero ya los atrapen a todos, la verdad ya me tienen harto. El mundo es más feliz sin gente así. Qué bueno que ya quemaron todas las iglesias y templos, ¡¡todas llenas de esa gente hipócrita!!

Mikhail sólo los escuchaba. Y su corazón se estremecía al oír estas cosas.

______

El metro corría de tal manera que destellos regulares de luz tocaran el rostro cansado de Mikhail que ya llevaba mucho tiempo sin poder dormir. Estaba parado con las manos esposadas en un pequeño vagón lleno de personas creyentes de la Palabra del Señor, orando a Dios que mirara desde los Cielos la aflicción de su pueblo que iba como cordero a ser sacrificado. Miró el rostro de su esposa Miriam que estaba sentada en el suelo a un extremo del carro, cargando en su regazo a sus dos hijos que dormían. Ella también le devolvió la mirada y en ese momento Mikhail sintió algo diferente en su corazón.

Nunca antes había sentido temor, ni cuando fue perseguido y atrapado se apartó su confianza; ni cuando recibió bofetadas del policía que lo interrogó, decayó en su fe; ni aún, cuando le dijeron que lo llevarían a él y a su familia al campo donde encerraban a los fanáticos (donde ya sabía que allí los golpeaban y maltrataban, y también algunos eran asesinados por no querer negar su fe), tampoco sucumbió.

Pero al ver esa mirada, la mirada de su esposa que había perdido su luz. Pues aunque en ese momento ella miraba hacia arriba para ver el rostro de su esposo, ella ya no miraba hacia el Cielo. La mente de su esposa miraba hacia adelante del túnel donde el metro al poco tiempo se detenía, y donde sabía que ella, su esposo y sus hijos iban a dar la vida por amor a Jesús. Fue entonces, sólo hasta entonces, cuando Mikhail sintió un terrible temor.

_____

El vagón se detuvo y Mikhail bajó en una estación cualquiera. Estaba tan hastiado de la vida que pensó tirarse en las vías y morir. Pero para eso se necesitaba mucho valor y ya había demostrado no tener el suficiente. Salió de la estación y caminó por las calles bien iluminadas con luces poderosas de neón, pero que él sabía que eran más oscuras que nunca. El cielo aún tronaba y dejaba caer sus gotas de manera apacible del mismo modo en que su corazón había dejado de sollozar.

Pensó de momento entrar en una tienda y comprar alimentos, pues no había comido desde dos días atrás. Pero se había prometido nunca comer del pan de aquellos que daban tanta amargura a su alma.

____

Cuando Mikhail, junto con su esposa y sus hermanos en la fe llegaron a la estación, fueron recibidos por un grupo de soldados que usando la fuerza y con gritos los bajaron del vagón cual ganado, colocándolos en fila. Luego fueron conducidos por un pasillo, hacia la salida de la estación. Después los hicieron caminar un tramo como de 150 metros con las manos atadas hasta llegar a un lugar de altas paredes, y con muchos soldados que la resguardaban. Era lo más parecido a una cárcel, la gran diferencia era que no tenía celdas.

Cuando hubieron entrado, llegaron a un campo abierto, rodeado por la gran pared por la que no se veía ninguna salida. Este lugar estaba lleno de personas que igual habían sido atrapados por no seguir los estándares del gobierno. La mayoría, debido a sus creencias religiosas.

Una vez allí, fueron liberados de sus cadenas y Mikhail pudo abrazar a su esposa e hijos. A todos sus hermanos les daba palabras de aliento que él sabía ellos necesitaban, sobre todo los más jóvenes, pues a él lo veían como un buen ejemplo a seguir.

Se reencontraron con su pastor, que había viajado en el vagón contiguo y también hallaron a algunos conocidos que habían llegado antes que ellos.

Al fondo del campo, se podían reconocer unas puertas de acero, resguardadas por varios soldados. De tiempo en tiempo, éstas puertas eran abiertas para dar entrada a grupos de “capturados”, previamente acomodados en filas, para conducirlos a otros lugares afuera de las grandes paredes pero que desde allí no se lograban ver. Una voz gritaba desde una bocina los números de las personas que debían formarse, mientras los soldados se encargaban de buscar a aquellos que no obedecían.

Era un escenario muy triste y desolador. Todos los que entraban a esas puertas, ya no regresaban. Los que aún quedaban lloraban o estaban tristes, expectantes sobre su destino. Nadie sabía qué es lo que sucedería cuando cruzaran esas puertas, pero Mikhail ya sabía que el humo del fuego que ardía tras esas puertas no era tan buen augurio. Por boca de los que llegaron antes, se enteraron que de vez en cuando salían camiones negros llenos de gente hacia otro sitio, pero nadie sabía a quienes llevaban ni a dónde los conducían.

El cielo estaba nublado, pero no llovía, las nubes se arremolinaban como expectantes, ocultando el sol para no agravar más la vida de aquellos que tenían agonía en su alma. Al momento llegó una mujer vestida con traje militar y les puso una pulsera a todos los recién llegados. Esta pulsera tenía un número, con el que debían de responder cuando se les llamara, y también tenía una leyenda que decía “Cristiano”, como un modo para identificar su “delito”.

La bocina continuaba gritando números, mientras el tiempo pasaba para ellos, que oraban para encomendar sus vidas a Dios. El pastor les recordaba que todas estas cosas ya estaban escritas, y que todo esto tenía que pasar. Les recordaba que lo importante no era esta vida sino la eternidad.

De pronto, Miriam se sobresaltó al escuchar su número, a sabiendas que tendría que recorrer el camino hacia esas puertas. Y después de ella fueron llamados sus hijos, su esposo y todos los que había llegado juntos en ese día. Muchos desconocidos más fueron también llamados

Al llegar a la puerta les fueron colocados nuevamente las esposas y les pusieron cadenas en las piernas, éstas permitían que los pies estuvieran lo suficientemente separados como para caminar despacio, pero no para correr.

Cuando Mikhail se hubo formado, se dio cuenta que en la puerta anexa a la suya había otra fila de personas a la espera de que las puertas se abrieran. Estas personas tenían brazaletes con la leyenda que se leía desde lejos “islam”, y más allá otra fila poco más grande de personas cuyos brazaletes decían “judío”.

Cuando la señal sonó, el corazón de Mikhail se estremeció y las puertas se abrieron, dando entrada al grupo de aproximadamente 200 personas que caminaban lentamente en fila india. Detrás de él, su hijo Marcus el más pequeño, comenzó a llorar, y pudo escuchar la voz de su esposa que lo consolaba –No tengas miedo mi amor, todo va a estar bien, todo pasará pronto- De momento oyó que la voz de su esposa se cortaba, pero la fortaleza que siempre la caracterizó la mantuvo firme.

-¿Y ya vamos a ver a Jesús?- preguntó su hijo el mayor

-Si- respondió ella – sólo quiero que no tengas miedo ¿Sí?, todo va a estar bien.

Tras cruzar un largo pasillo iluminado levemente por tenues luces de neón llegaron a un lugar terrible.

Todos fueron puestos de rodilla uno al lado del otro en filas de aproximadamente 30 personas, y los demás fueron acomodados detrás de los primeros como asistentes del cine, para que ninguno se perdiera del espectáculo que delante de ellos se proyectaba. Una hoguera inmensa ardía a 300 metros de distancia, Mikhail pudo notar rápidamente que lo que esos camiones de carga echaban eran cuerpos que alimentaban el fuego cuya hambre no saciaban. Nunca se hubiera imaginado que la imagen fuera tan cruenta.

-Esta es su última oportunidad- se escucharon las palabras de hombre grande y corpulento que se paseaba delante de ellos vistiendo traje militar –A la verdad no sé cómo se aferran a estas ideas tan estúpidas que durante tanto tiempo tuvieron al mundo en guerras y pleitos sin sentido- prosiguió el soldado, callando de momento para ver si el fuego y sus palabras habían causado el impacto esperado –Hoy el mundo es distinto y ya no hay diferencias de ese tipo. Ahora todos pertenecemos a un mismo cuerpo, sin límites geográficos, ni religión, ni cultura, ni de gobierno. Y muchas personas, viendo las recompensar de someterse en obediencia a esta glorioso nuevo régimen, siguen buscando permanecer en esas viejas ideas, sin saber que este tipo de pensamientos son peligrosos para mantener la paz que por fin se ha logrado en todo el mundo –Se notaba que ya muchas veces había recitado este mismo discurso, pues de momento parecía que lo decía mecanizado, pero también su tono de voz declaraba a sus oyentes que todo lo que decía era perfecto y cierto a su opinión, era un hombre convencido de lo que decía.

-Me es necesario recordarles- prosiguió –que Jesús no fue sino sólo un hombre y no Dios. Prometió muchas cosas que nunca cumplió como su regreso y hasta el día de hoy las muchas generaciones que lo han esperado sólo han quedado decepcionadas al darse cuenta que todo lo que dijo era una mentira. Era un hombre y no Dios, y que desde que la ciencia descubrió su tumba y su cuerpo ustedes ya no tienen nada qué creer. Entonces no sé por qué prefieren seguir siendo rebeldes y perseguidos, sin derecho a comida ni bebida, ni acceso a la sociedad por mantener una absurda mentira-

Todo el grupo de rodillas sólo escuchaba, ninguno decía nada. Ciertamente algunos tenían temor, pero si habían llegado hasta ese lugar y no habían claudicado a la fe desde que la persecución había comenzado, con todos los dolores que acarreaba no estar dentro del sistema, era porque todos estaban verdaderamente convencidos cuál era el Camino que debían de seguir.

-Escuchen- persistió el militar más que de manera protocolaria, como un deseo en su corazón de no seguir al siguiente paso, sin embargo se notó la impaciencia en su tono de voz -¡es necesario que recapaciten! Si ustedes se rindieran, dejarían de sufrir; si abandonaran su fanatismo religioso y nos unieran como el pueblo que hoy rige al mundo, disfrutarían de la paz que juntos hemos alcanzado. Tendrían comida para saciarse, una casa digna para su familia y disfrutarían de su vida como todos nosotros-

-Saben lo que por ley se merecen quienes son rebeldes ¡Saben perfectamente que no es tolerada la desobediencia y que es causa de muerte!- tu tono de voz se elevó evidenciado que había perdido la paciencia, pero al darse cuenta de su error tomó de nuevo la voz pasible y volvió a hablar para dar el ultimátum –Si aceptan vivirán, pero si se niegan deberán morir-

Mikhail sintió en su mano el rose de la mano de su esposa, buscó rápidamente la mano de ella y las apretaron fuertemente. Su hijo Marcus había caído rendido en el regazo de su  madre y Mikhail Jr sólo miraba al soldado con la mirada perdida, pues tenía mucho sueño. Mikhail dio gracias que no hubiera comprendido las palabras del soldado, pues tampoco hizo preguntas sobre el lugar en el que estaban ni el fuego que aún desde esa distancia se podía sentir su calor.

-Ésta es su última oportunidad- prosiguió el soldado poniendo amenazadoramente la mano sobre su arma –Si alguien quiere salvar su vida, alce su mano y se le reincorporará a la sociedad-

Mikhail miró a su pastor, un hombre ya viejo que en ese momento sólo miraba hacia el suelo, de rodillas, como había pasado tantas horas de su vida clamando por el pueblo que el Señor había dejado a su resguardo. Su rostro parecía en paz, como alguien que sabía que pronto terminaría su carrera, y que pronto se reuniría con aquél del que tanto tiempo pasó a su servicio. No estaba orando, sólo escuchaba las palabras del militar, y cómo los hombres que los rodeaban susurraban palabras burlonas y alistaban sus armas para cuando éste diera la señal.

Miriam comprendió el momento y dejando de lado la preocupación de cómo pudieran reaccionar sus agresores, se lanzó hacia el cuerpo de su esposo, el cual improvisó un abrazo. Tomó como pudo a su hijo mayor y junto con el pequeño en su regazo los cuatro se abrazaron con fuerza.

-Viviremos juntos para siempre- escuchó decir de los labios de su esposa, mientras el militar impaciente con voz enfurecida escupió la sentencia –Está bien, ustedes así lo han querido-

Con un movimiento de la cabeza dio la orden a los soldados que allí se encontraban, para dar inicio a la masacre, no existía una palabra más propia. El pastor comenzó a entonar un canto, y sus ovejas siempre obedientes lo siguieron, cantando por última vez en esta tierra. Los soldados comenzaron a disparar a uno por uno así de rodillas.

-Cuando el Señor, me llame a su presencia- cantaban todos a coro mientras las armas comenzaban a descargarse con presencia de violencia, con golpes y patadas de los soldados. Trataban de obligarlos a que acallaran el canto que les causaba molestia, para luego disparar.

-¡Eso se merecen los rebeldes!- gritaba con violencia el militar, mientras sus botas se manchaban de la sangre de los hijos de la gracia, y mientras sus hombres asesinaban uno por uno conforme al orden en que estaban sentados. Mikhail miró hacia el cielo para ver si su salvación llegaría, pero comprendió que no sería así, sabía que pronto llegarían los militares hasta donde estaban él y su familia.

En medio de ese escenario de gritos, golpes, cánticos y llantos, Mikhail abrazaba a su esposa mientras escuchaba cómo los militares se acercaban más y más a ellos. Los cantos cesaban, los disparos se apresuraban. Miriam trataba de calmar a sus hijos que habían comenzado a llorar al escuchar los disparos.

-¡No hay lugar para la rebeldía en este mundo!- gritaba el soldado –¡No hay espacio para la religión! ¡Dios no existe! ¡Sólo los hombres viven!-

El temor que había nacido desde el metro en el corazón de Mikhail, creció de manera poderosa y comenzó a llorar. Miró a su alrededor y vio cómo caía la sangre y los cuerpos de aquellos con los que alguna vez estuvo alabando a Dios en medio de la congregación, aquellos con los que alguna vez tuvo alguna diferencia, pero que en ese momento parecía algo sumamente absurdo.

No había distinción entre niño o adulto. Aún a los viejos golpeaban, aquellos que eran hombres dignos de honra, acababan sus vidas consagradas a Dios con el estruendo de un arma de fuego. Tal escenario perturbó la mente de Mikhail, y con desesperación sus labios se abrieron pidiendo misericordia.

Se arrastró con las manos y pies atados hacia el militar que había dado la orden, –¡No quiero morir, no quiero!- exclamó Mikhail con llantos, al ver que nunca se imaginó un escenario como ese para su muerte. El militar miró hacia abajo sonriendo despectivamente y le preguntó:

-¿Estás dispuesto a obedecer?-

-Sí- respondió Mikhail –yo y mi familia-

El grito de su esposa resonó a sus espaldas apenas audible entre los disparos y los gritos -Mikhail! ¡¿Qué haces?!-

-No tenemos que morir- respondió él,  mirando rápidamente hacia el rostro sorprendido, triste, y en parte decepcionado, de su esposa.

El soldado se dirigió entonces hacia Miriam y le preguntó –¿Tú también quieres unirte?… ¿Te harías como nosotros?- Se quitó un momento el gorro para hacer más evidente su marca de identidad.

Miriam sólo lloró, abrazando a sus hijos y no respondió. El soldado, entendiendo la actitud, ordenó sin titubeos:

-A ella mátenla, mientras que a éste- refiriéndose a Mikhail –llévenlo al otro cuarto-

De inmediato dos soldados lo tomaron, tapando su boca con una cinta y cubriendo su cabeza con una bolsa negra. Lo último que vio fue a su esposa abrazar a sus hijos, el llanto del menor, el grito de ¡Papi! del mayor y al soldado, detrás de ellos, que terminaría con esos gritos.

Con las manos y los pies atados fue arrastrado hacia un cuarto aparte donde tras el abrir y cerrar de una puerta dejó de escuchar los disparos. Trataba de gritar pero no podía. Quería decirle a su esposa muchas cosas; decirle que lo sentía, que lo debía acompañar, que no era ése el único camino, que podían seguir viviendo fingiendo ser como  los demás. Pero ya era tarde.

Aún atado y con la boca tapada fue puesto en una camilla. Cuando le fue quitada la bolsa negra le recibió una enfermera con la marca de identificación, que le dijo: -¡Qué bueno que tomaste esta decisión! No te preocupes más por ellos, no valen la pena-

Le fue tatuado en su brazo un número y en la frente se le colocó la marca que lo identificaba en todo el mundo a aquellos que se habían rendido al “Nuevo Pacto Internacional”. Fueron rotas sus ropas y aún acostado le bañaron con agua tibia, jabón y esponja.

Luego le inyectaron un fuerte tranquilizante. Se le quitaron sus ataduras y fue vestido con ropas nuevas, para ser conducido a un autobús negro donde apenas pudo acomodarse en el asiento, a causa de la droga.

El camión siguió su rumbo por un camino en malas condiciones invadido por el pasto moribundo de alrededor. A sus espaldas, Mikhail dejaba el humo de fuego que en ese momento devoraba a todo lo que alguna vez había amado, pero que hoy había decidido abandonar. Al disminuir el efecto del tranquilizante comenzó a llorar, mientras del cielo comenzaban a caer grandes gotas de lluvia que enfriaron más aún el ambiente.

Cuando el camión se detuvo hicieron bajar a todos sus ocupantes, todos ellos también habían decidido no morir. Todos tenían su nueva marca sobre la frente y en su brazo. Les explicaron que caminando a través del pueblo, adelante podrían encontrar la estación del metro que los regresaría a la ciudad.

Cargando con tanta culpa, Mikhail comenzó a correr. Corrió con todas sus fuerzas siendo mojado por las gotas de lluvia que el cielo lloraba, y deseaba morir, pero ya no había marcha atrás… aún estaba vivo.

Porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá.

Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.

Mat 24:21-22

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