El fin de todas las cosas


“Mira la obra de Dios; porque ¿Quién podrá enderezar lo que él torció? En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él.”
 
   Estas palabras, tomadas del libro de Eclesiatés 9:13,14 indican una perspectiva sobre la presencia de Dios en nuestras vidas y de cómo influye su voluntad sobre nosotros. Esto es, tanto en el día en que nos va de maravilla (la plática amena, la buena calificación, la sorpresa diaria del Señor, la compañía predilecta, la demostración perfecta de afecto, la comida favorita, etc.) como en el día que nos va de la patada (la discusión inutil, la decepción de un cuate, el oso de tu vida, olvidar algo importante, o que te manden por las tortillas… digo, a mí no me gusta ir hasta la tortillería, queda muy lejos) sabiendo que Dios siempre está implícito en el día del bien y el día de la adversidad.
 
   Y aunque comúnmente estamos acostumbrados a agradecerle a Dios sus bendiciones (algunas personas ni eso agradecen), me puse a razonar sobre Dios como el fin de todas las cosas, aún cuando éstas parezcan malas. Y no me refiero a gradecerle a Dios en todo, como afirma Pablo (lo cual es muy cierto y muy bueno), sino elevar nuestra dependencia y gratitud a Dios hasta el punto de darle gracias por el pecado en nosotros mismos, de esos errores que según dicen, nos alejan de Dios cuando (si razonamos un momento) bien nos podrían acercar a Él.
 
   Pecar es algo que verdaderamente debemos detestar, de eso estamos concientes (si no estás conciente de esto, te recuerdo que en mi iglesia hacemos encuentros eh!!) pero por nuestra naturaleza y la carne corruptible que nos rodea, se nos vuelve una imposibilidad caer en él (Vamos!!! el que esté libre de pecado que tire la primera piedra). Sin embargo tenemos el testimonio bíblico de Jesús, que anduvo dentro de una carne similar a la nuestra y no cayó en pecado. Y aunque este punto se puede profundizar mucho mucho, no lo voy a hacer por este medio, mas confesaré que esto me hizo pensar en el poder y la soberanía de Dios (más en lo segundo). De cómo Jesús tuvo la capacidad de derrotar al enemigo dentro de sus propio terreno (el mundo), con sus reglas (la carne) y teniendo que perder (la muerte), para poder ganar. De cómo pisoteó a Satanás y a sus huestes limpiando al mundo del pecado, llevándose de corbata a la Muerte, regalándonos la eternidad (ojo!! que fue regalada) ¡¡No hombre!! si eso no es poder y soberanía de Dios, no sé que sea… Y más sabiendo que a Dios no le cuesta nada destruir al mundo y que se acabe toda la maldad, pero se detuvo por nosotros, y más aún se da en sacrificio para la expiación de nuestros pecados ¡¡Me quito el sombrero ante semejante plan, ante tal demostración de amor!!, me cae que Él es Dios.
 
   Y el punto principal de mi escrito (que espero no sea aburrido, de hecho, si lo estás leyendo ha de ser porque me quieres mucho) es la soberanía de Dios, que no es sino la facultad de Dios de hacer y deshacer cuanto le plazca, porque por algo es Dios y “¿Quién podrá enderezar lo que él torció?”
 
   Así es como el pecado o la ley del pecado que mora en mí (como dijo Pablo) me enseña cuán grande es Dios, cuan poderoso y magnífico es. Que no sólo me distancia del Señor cuando lo practico (o sea, que lo agarro de deporte), sino que me enseña mucho de Él, cuando sin querer tropiezo y Él me ayuda a levantarme; es algo que me diferencia de Jesús, que a pesar de que anduvo como yo, nunca podré ser igual que Él; que aunque me dice su hermano, su amigo, nunca podré igualarlo, porque Él es soberano. Gracias le doy a Dios por el pecado, porque por algo no me ha liberado de él, sino que me fortalece y me hace reconocer cuánto lo necesito.
 
   Porque ahora no le voy a echar la culpa al diablo (aunque sé que tiene mucho que ver), sino le voy a dar gracias a Dios, porque me instruye en santidad y obediencia en las caídas, en el día malo y la vergûenza; y no pretendo encontrar a Satanás como autor de mis obras, ni darle el privilegio de jactarse dándole la gloria a él, sino sólo a Dios “a fin de que el hombre nada halle después de él”
 
 mano de Dios 
Y no pretendo justificar el pecado (que no tiene nada de justo), sino mi intención es ver a Dios aún en medio de la inmundicia, de buscar su gracia en medio del lodo, de jamás olvidarme de su gran misericordia aún cuando el estiercol me cubra, pues tengo muchas promesas de parte del Padre que me sustentan:
 
 “Mas si desde allí buscares a Jehová tu Dios, lo hallarás, si lo buscares de todo tu corazón y de toda tu alma” Deut. 4:29
 
 Sólo existe una palabra para contestar ante semejantes promesas de Dios, sólo una…. Y esa palabra es Amén.
 
 
 
 
 
 
 
Ya luego continúo sobre este tema… de todos modos creo que nadie lo lee, jeje

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2 pensamientos en “El fin de todas las cosas

  1. Chrys Caro dice:

    No lo leo porque te ame (que quede asentado que si lo hago) sino porque creo firmemente que Dios usa a quien le plazca y a tí varón te va a usar mucho, o más bien lo está haciendo;
    Por eso la gloria, la honra, la alabanza y adoración sea a nuestro señor Jesucristo, con todo nuestro corazón, mente y fuerzas.

  2. Allan Keith dice:

    Gracias a Dios que me permitio conocerte y me brindes tui amistad, no me aburre tu texto y siempre me doy un tiempo para leer lo maravilloso que escribes gracias a la inspiración de Él, sigue adelante como siempre lo has hecho y si en algo pudiera ayudarte no dudes en hablarme que ahi estaré. Te quiero Hermano

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