Amigo


AMIGO

El día se cae a gotas, muchas, grandes y pesadas. El cielo ruge y de repente lanza destellos quizás de fiesta, quizás de rabia. Tomo por fin un taxi en la acera frente a la casa de mi amigo Marco y le ordeno al chofer que me lleve a mi casa… donde no está mi mujer.

Marco Zúniga era mi amigo…

Mi compadre, mi compañero del alma, mi vecino de la infancia, mi equipo en las canicas, mi porción de lonche en la primaria, mi copia en los exámenes y mi impulso para ligar a las muchachas; mi compañía oportuna, mi apoyo incondicional y mi más grande baúl de la confianza…

Hoy lo maté.

Y cuando digo que lo maté no lo digo en forma de metáfora, ni como juego de palabras o dándole un sentido abstracto. Digo que lo atravecé con 4 balas 9 mm salidas desde mi arma. Jalé el gatillo de forma pausada y cadente, y disfruté del impacto de cada una de ellas. Sí, lo admito, me agradó, y hasta cierto punto me siento mal pensando que quizás me estoy convirtiendo en un sádico, pero no puedo admitir que siento haberlo asesinado.

Ya sabía que algo andaba mal desde hace tiempo. Ya esperaba que Amanda hiciera alguna estupidez como pedirme el divorcio o irse a la casa de su madre. Pero fue hasta que encontré la carta que supe que se iba a ir, y con mi mejor amigo.

Pude haber soportado el abandono de Amanda a pesar de haberme enamorado locamente de ella desde la preparatoria y amarla tanto como a mi vida, la pude haber perdonado pues la separación era inevitable. También pude haber perdonado una traición de Marco, mi único amigo desde siempre: la roca en que he cimentado mis sueños y que nunca me había fallado.

Lo que no puedo soportar, lo que me hizo actuar de este modo y el motivo por el cual disfruté tomar venganza, es el hecho de que me consideren estúpido. Me enfurece que pensaran que no me iba a dar cuenta y que iban a poder consumar su "gran plan" frente a mis ojos, y más aún, con evidencias tan obvias. Tendría que ser un retrasado mental para no haberlas visto. Probablemente su plan consistía en evidenciarse tanto y reirse a mis espaldas; salir corriendo un día, burlándose de mí y de mi impotencia para impedirlo.

Primero fue Minerva Sánchez, una de las compañeras de trabajo de mi esposa. Me dijo haber encontrado a Amanda con Marco en un café. Y aunque la situación me pareció sumamente rara (pues ellos nunca se reúnen) no le tomé importancia y lo supuse como un encuentro casual.

Luego fue la misma Amanda, mi mujer. Su frialdad, su falta de interés en la pareja, el contraste entre la felicidad que mostraba fuera de la casa, en la calle y en el trabajo; y la apatía con la que permanecía en el dormitorio, a mi lado.

Aún recuerdo, y más aún cuánto detesto recordar, esas noches de incertidumbre en mi corazón: Dormir al lado de una roca, de una estatua, abrazar a la Venus de Milo tan bella y perfecta, mirarle los ojos fingidamente cerrados, pero sin brazos para devolverme el cariño… así era Amanda.

Y ahora que lo sé todo, que veo el engaño en cada noche desde el comentario de Minerva, me detesto. Aborrezco mi ceguera y mi estupidez, de querer comprenderlo, de buscar explicación al dormitorio que noche a noche se transformaba en nevera; de analizar mis errores y tratar de enderezar, con ayuda de Dios, mis veredas. ¿Y para qué?… para nada.

Y también está Ramón, creo que así se llama, casi no lo conozco y nunca me simpatizó, es un idiota, pero un idiota muy útil. Un día falté a mi trabajo a causa de enfermedad y al parecer a Amanda se le olvidó el correo. Ramón llevó su correo a la casa y Amanda no había llegado todavía. Seguramente estaba con Marco en algún café, en algún cine… o quizás, en un hotel.

Tomé la correspondencia y descubrí unos boletos de avión: viaje directo y sin retorno a un país del Sur. También una carta donde le decía, con palabras dulces y letras cuidadosamente seleccionadas, que la amaba y que pronto se liberarían de mí y que podrían estar juntos, sin estorbo alguno.

No podía creer lo que tenía ante mis ojos. El abajofirmante no era sino mi único amigo: Marco Zúñiga; la remitente, el amor de mi vida: Amanda Estrada; y el lector, en ese momento era yo: el estorbo.

Quien conoce de traiciones sabrá que la médula espinal de momento pierde sus funciones, el cerebro se va de viaje, el sudor se hace hielo y el corazón se estruja, como protegiéndose ante la destrucción del pecho.

Por último fue Marco. Él viaja muy rara vez por su trabajo. No sé como pude soportar su cara de hipócrita, su sonrisa fingida y más aún las miradas de complicidad que se lanzaba con Amanda. Y habiéndole yo preguntado por el siguiente fin de semana, me dijo que que no iba a estar en la ciudad, que iba a vover a salir de viaje.

Creo que vio la furia en mis ojos, cierto aire de cólera en mi tono de voz. Quizás de momento le remordió la conciencia, así que rápidamente bajó la cabeza, entristeció el rostro y se fue. La Amanda que yo conocía: la amorosa, la inteligente, la sensible, me hubiera reclamado mi actitud; pero la nueva: la indiferente, la fría, la adúltera, simplemente no dijo nada.

Los celos me mataban y me quitaban el sueño. Así que un día decidí ir a su trabajo y no la encontré. Ramón me dijo que Amanda había salido a comer y él mismo me condujo hasta el restaurante del edificio, y como me lo supuse, allí estaban los dos. Marco le tomaba las manos entre las suyas y platicaban. El imbecil de Ramón soltó una risita sacándome de mi ensimismamiento, y rápidamente me fui.

Así que hoy, precisamente hoy, el día en que se iban a ir juntos, fue que decidí matar a Marco. Tomé mi arma, entré a su casa y lo encontré hablando por teléfono, no había nadie más. Le disparé 2 veces en la espalda y luego de haberse volteado hacia mí le disparé en el pecho.

Cómo recuerdo su cara, nunca lo esperaba. Quizás vio en mi rostro el odio que sentía en ese momento, las horas de angustia que tronaban desde mi arma, y al igual que a mí, le destrozaban la carne y le atravezaban el pecho. Supo en ese momento que yo lo sabía todo, que no podía ocultármelo tanto tiempo. "Discúlpame amigo" dijo en ese momento, y yo le respondí "Sí, yo también lo siento"

Acabé con una relación de tres décadas, acabé también con mis noches de sueño y con mis posibilidades de irme hacia el Cielo. Y ahora, en este taxi, me doy cuenta que valió la pena el sacrificio.

Me bajo del taxi y le digo al chofer que se quede con el cambio. Esperaré sentado en la sala hasta que llegue mi esposa, desepcionada al ver que su acompañante simplemente no llegó. Me reiré en su cara y la humillaré. Le gritaré que lo sabía todo y que le he ganado… que yo también puedo ser mentiroso. Aún me quedan dos balas.

Abro la puerta, y como me lo imaginaba, no hay nadie en la casa. Me quito el saco y los zapatos mojados, y me dispongo a cambiarme algo más cómodo. Descubro un mensaje en la contestadora. Me rio. Seguramente es Amanda parafraseando alguna canción de adiós.

Le oprimo "Reproducir" y me digo a mí mismo: Vamos a reírnos. Me sorprende escuchar la voz de mi ex amigo, de Marco:

– Necesito hablar contigo. Amanda pretende irse con Ramón, ahora deben estar en el aeropuerto. Yo lo sabía desde hace tiempo… traté de convencerla… debí decirte antes…

…Discúlpame amigo…

La grabación concluye con dos disparos.

Me tiro en el sillón transformando lo dos trozos de metal, resguardados en mi pistola, en mi esperanza y reivindicación. Pero no sin antes pensar que Ramón, el que trabajaba con mi esposa, el que llevó la correspondencia, el que me acompañó al Restaurante… no era un idiota después de todo.

 

Jaor

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